Un cementerio en el corazón de Siria

PASADO Y PRESENTE DE YARMUK, SÍMBOLO DE UNA GUERRA SIN LÍNEAS ROJAS

 

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Texto: Mikel Ayestarán 

Abu Hussam y Abu Ahmad como símbolos: dos enterradores en mitad de un camposanto con cinco enormes cráteres abiertos por los bombardeos aéreos y de artillería que durante cuatro semanas, a comienzos de 2018, castigaron sin descanso Yarmuk, por entonces el último bastión del grupo yihadista Estado Islámico (EI) en Damasco. Dos enterradores en mitad de un campo de refugiados convertido en cementerio. Abu Hussam y Abu Ahmad acompañados por los recuerdos de cada uno de los vecinos ausentes: recuerdos de la historia reciente de un campo, que es la historia de todo un país.

Leo mi cuaderno de notas de 2012:

“Calle 30, la arteria que separa Yarmuk del barrio de Al Hajar al Aswad. Jóvenes con lanzacohetes se protegen detrás de sacos terreros y en los edificios altos hay francotiradores a la espera del enemigo. La línea del frente es tan estrecha que, si uno se descuida y da unos pasos de más, topa de bruces con el primer puesto de control de los grupos armados opositores. ‘No les vamos a dejar entrar’, repite por radio de forma machacona a sus hombres Abu Maher, un hombre de mediana edad disfrazado de miliciano con un traje tres tallas más grandes. Es uno de los cabecillas del Frente Popular para la Liberación de Palestina –  Comando General (FPLP-GC), facción palestina leal al presidente Bashar al Asad. Con la radio en una mano y un kaláshnikov recién estrenado en la otra, imparte órdenes a unos milicianos con caras de niño que nunca se imaginaron combatiendo en una guerra que no fuera contra Israel. Se enfrentan a sus propios vecinos”.

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“Desde la posición palestina se divisan las primeras calles de Al Hajar al Aswad. En el campo de refugiados, la vida parece normal y las familias celebran en la calle el final del ramadán. Simple apariencia. La gente resiste hasta que los combates golpean su calle, su edificio, la puerta de su casa. Solo entonces salen a toda prisa y con lo puesto, escapando de unos enfrentamientos que avanzan como el petróleo que se derrama de un barco y contamina la costa. Un avance lento pero constante, imposible de detener y que convierte en desolación todo lo que toca. Al otro lado se ven ya edificios calcinados, calles vacías y barricadas levantadas con escombros. Parece otro país, otro planeta, un mundo lejano, pero está a tan solo unos metros de distancia”.

Antes era suficiente una pala para extraer la tierra roja y dejar espacio para el cadáver. Después de los bombardeos hay tanto cascote que Abu Hussam y Abu Ahmad recurren también al pico. Afilado y agudo, remueve la tierra que las bombas mancillaron.

Tierra destinada al descanso eterno de los muertos, reventada por las máquinas de matar que creamos los vivos y que en Siria han trabajado sin descanso. Ahora, en mi última visita, se respira silencio; ¿hasta cuándo durará? Durante la guerra te acostumbras a vivir al momento, no hay ningún horizonte posible: solo existe el hoy, el ahora. Ese es uno de los grandes cambios que los últimos ocho años de extrema violencia han traído a los sirios.

Durante los primeros meses nadie hablaba de “guerra”, palabra maldita, pero todos veían que arrancaba la cuenta atrás para descender a un infierno aún más profundo que el de sus vecinos iraquíes y libaneses. La revuelta que estalló contra el presidente Bashar al Asad en 2011 en la sureña ciudad de Daraa fue reprimida de manera brutal y se estaba convirtiendo en guerra abierta. Ante el alto número de deserciones del Ejército a las filas opositoras, el Gobierno necesitaba reclutar paramilitares de forma desesperada.

Yarmuk, donde vivían más de 150.000 personas, era un aparente oasis de paz en medio de una zona cada vez más convulsa de Damasco, con fuerte presencia opositora. Era también un buen lugar en el que encontrar hombres dispuestos a matar en nombre del Gobierno a cambio de  sueldos que iban de las 1.000 a las 3.000 libras sirias diarias (12 y 36 euros al cambio de aquellos días), una fortuna en un país con una economía detenida desde hacía 17 meses y donde la gente empezaba a sufrir para poder comprar comida.

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“Muchos no lo hacen por ideología, lo hacen por necesidad”, aseguraba un exguardaespaldas de un alto cargo del Ministerio de Defensa vinculado a los shabiha (matones), grupos paramilitares leales a Asad a los que la ONU acusó, en uno de los primeros informes que elaboró tras el estallido de las protestas, de “crímenes de guerra”. A pocos metros de la calle 30, este exguardaespaldas de camisa blanca desabrochada y abundante vello en el pecho explicaba que “hay un jefe de unidad que se encarga del reclutamiento; en un primer momento te dan un porra, pero si demuestras que eres de confianza luego llegan las armas. En esos momentos encuentras gente dispuesta a todo a cambio de dinero. Cada día aparecen cadáveres en las cunetas y ambos bandos se acusan mutuamente”. Hablaba con uno ojo puesto en la ventana y otro en la puerta. Sobre la mesa tenía dos armas. Las referencias a los shabiha eran diarias en la prensa aquellos días, pero no era nada habitual poder sentarte a conversar con uno de ellos. El ambiente no invitaba a una larga entrevista. Una explosión no muy lejana marcó el final del encuentro. Eran los tiempos en los que el Ministerio de Información permitía al periodista extranjero moverse en libertad por toda la ciudad “bajo su propia responsabilidad”, es decir, sin tener que ir acompañado por uno de sus funcionarios. Me había acercado a Yarmuk en busca de un shabiha y salía con la imagen de la calle 30 con la guerra de fondo. Me sentí Frodo a las puertas de Mordor con el Monte del Destino que imaginó J.R.R. Tolkien como telón de un fondo negro, humeante, siniestro.

La guerra llamaba a la puerta de Damasco desde Yarmuk, pero en aquel 2012 la atención internacional se centraba en Homs, apodada la “capital de la revolución”. Esta ciudad en el centro de Siria fue la primera en la que el Ejército de Asad recurrió a los cercos y bombardeos masivos de artillería y aviación contra zonas civiles sublevadas, una técnica que no tardaría en extenderse al resto de frentes. Fue también el lugar donde, por primera vez, los opositores tomaron las armas contra las fuerzas de seguridad. En Homs convivían decenas de sectas y etnias en aparente armonía, pero nada más empezar las protestas salieron a la luz las fuertes diferencias internas y el odio acumulado. Poco a poco los opositores fueron ganando terreno y llegaron a controlar hasta 17 de sus 36 barrios, algunos de ellos en el mismo corazón de Homs, como el casco antiguo.

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La oposición denunciaba cada día decenas de muertos en la ciudad, pero resultaba imposible confirmar cualquier información por lo complicado y peligroso que resultaba el acceso. La reportera Marie Colvin y el fotoperiodista Rémi Ochlik perdieron la vida en el barrio de Bab Amr, uno de los más afectados por los bombardeos, cuando intentaban mostrar al mundo la otra cara de lo que sucedía en Siria, la que no ofrecían los medios oficiales, la que no podíamos ver los periodistas que viajábamos al país con un visado en regla. Junto a ellos también falleció Rami Al Sayed, activista responsable de haber subido a la red más de 200 vídeos y uno de los artífices de que la situación de Homs llegara a los informativos de todo el mundo. Colvin (55 años, estadounidense trabajando para The Sunday Timesdesde hacía dos décadas) y Ochlik (28 años, fotógrafo francés colaborador de Paris Match y fundador de la agencia IP3) llegaron a Siria, como otros periodistas, tras cruzar de forma ilegal la frontera libanesa. Tras varias jornadas en las inmediaciones de Homs lograron acceder a Bab Amr, el epicentro del conflicto. Allí encontraron la muerte cuando un proyectil impactó contra la casa en la que se encontraban, una especie de piso franco destinado a periodistas y activistas. Junto a ellos otros dos reporteros extranjeros resultaron heridos: el fotógrafo británico Paul Conroy —que acompañaba a Colvin— y la periodista del diario francés Le Figaro Edith Bouvier. El español Javier Espinosa, de El Mundo, también estaba en la misma casa y logró escapar con vida, aunque en un primer momento el Gobierno sirio anunció su muerte.

“En Bab Amr. Situación dantesca. Aunque ya debería estar acostumbrada, no puedo entender cómo el mundo puede estar sin hacer nada. He visto morir a un bebé. Metralla. Los doctores no podían hacer nada. Su pequeña barriguita palpitaba y palpitaba hasta que se paró. Me siento impotente. Intentaré seguir enviando información”. Fue el último mensaje que Colvin colgó en el foro de una web social. Pocas horas después se extendían los rumores sobre la muerte de dos informadores extranjeros en Homs. El Ejército atacaba los bastiones rebeldes ante la pasividad de una comunidad internacional con las manos atadas por los vetos de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y sin una idea clara de lo que pasaba sobre el terreno: Siria siempre ha sido una enorme desconocida.

Bab Amr se convirtió en un barrio mártir para la oposición y en una operación acelerada de combate urbano para los militares y el resto de fuerzas leales a Asad, una práctica que no tardó en llegar a otros frentes como Yarmuk. Al principio, los militares, ayudados por las milicias palestinas del FPLP-GC, penetraban a pie y combatían calle por calle, como pude ver con mis propios ojos, pero debido al alto número de bajas recurrieron pronto a la lección aprendida en Homs y pasaron a emplear artillería y bombardeos aéreos. Establecieron un cerco que se extendió a los barrios de Tadamón, Yelda, Qadam y Al Hajar al Aswad, vecinos a Yarmuk, y así empezó una especie de castigo colectivo para los civiles que habían optado por quedarse en sus casas. Algunos por afinidad con los grupos armados; la mayoría, porque se negaba a dejar sus casas para convertirse en refugiados por segunda vez en sus vidas, tras la primera expulsión que sufrieron de su Palestina natal. Además de las bombas y del radicalismo religioso, que poco a poco se impuso entre los grupos armados que comenzaron a controlar sus vidas, los civiles fueron víctimas de la hambruna. Este cerco, uno de los más severos de todo el conflicto, no se levantó de forma parcial hasta 2014, cuando Naciones Unidas alertó de la grave situación que sufrían los 18.000 civiles que, según sus cálculos, podían quedar en el interior. El mundo se estremeció al ver las imágenes de miles de personas con los ojos perdidos y suplicando salir del cerco. Auténticos muertos en vida.

Abu Hussam y Abu Ahmad, enterradores del cementerio, preparan una nueva tumba.

Los enterradores Abu Hussam y Abu Ahmad fueron testigos vivos de esos años de extrema dureza en el campo, pero no quieren recordar en voz alta. Responden desganados. Sus voces son puro silencio. Sus ojos gritan. ¿Qué no les habrá tocado ver? Hablan con el pico y la pala, intentando dotar de cierta normalidad a una situación inhumana. La guerra ha despojado de vida tanto a Yarmuk como a Bab Amr, a la mitad de Alepo o a Deir Ezzor y Raqqa, ciudades sirias mutiladas por los combates.

El impacto de las imágenes de la legión de hambrientos y sus relatos ayudaron a que el Gobierno abriera las puertas de Yarmuk a la prensa. Era un acceso muy limitado, ya que a esas alturas de la guerra eran el Frente Al Nusra, brazo sirio de Al Qaeda, y Estado Islámico quienes tenían la fuerza en Yarmuk.

El islamismo más radical había logrado secuestrar una revolución que, huérfana del apoyo occidental, acabó en manos de los países del Golfo y Turquía y cambió sus eslóganes iniciales de “libertad” y “democracia” por el de “no hay más dios que Alá y Mohamed es su profeta”. El comienzo del proceso de Ginebra en julio de 2012 —la primera iniciativa diplomática auspiciada por la ONU para intentar poner fin al conflicto— también contribuyó a llevar Yarmuk a los informativos, a permitir el acceso a la prensa y a levantar el cerco de forma temporal. Como si de un ritual macabro se tratara, cada vez que se acercaba una cita internacional importante para el futuro de Siria la sangre se convertía en protagonista. Durante 2012 ocurrió con las matanzas de civiles en vísperas de cada reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y en 2014 se produjo con la publicación de un informe que documentaba el “asesinato y tortura sistemáticos de personas detenidas por los agentes del Gobierno sirio”, lo que volvía a poner sobre la mesa la brutal represión de un Gobierno que pretendía presentarse en Suiza como víctima del auge de los grupos yihadistas. El informe, de 31 páginas, revelaba de forma minuciosa la muerte por malos tratos de al menos 11.000 detenidos.

Esta investigación sobre torturas y cada una de sus imágenes se sumaba a la larga lista de atrocidades que en los últimos tres años habían salido a la luz desde Siria, y de las que régimen y oposición se acusaban mutuamente. El 25 de mayo de 2012 la localidad de Houla, cerca de Homs, fue escenario de una masacre en la que perdieron la vida 108 personas y que encendió las alarmas internacionales. Las imágenes de cuerpos de niños ejecutados tendidos en el suelo con tiros en la cabeza dieron la vuelta al mundo y se convirtieron en las primeras de una lista de atrocidades que parecía no tener fin. Después de Houla llegaron otras masacres sectarias de civiles en Qubair y Tremseh; ejecuciones masivas como las del río Queiq de Alepo, donde aparecieron más de cien cadáveres maniatados y con un tiro de gracia; o matanzas con armas químicas, como la de Jobar, a las afueras de Damasco, que estuvo a punto de costarle al Gobierno una operación a gran escala de Estados Unidos porque Barack Obama había calificado el uso de armas químicas de “línea roja”. Según sus servicios de inteligencia, 1.429 personas, 426 de ellas niños, murieron a causa de su uso en Jobar. La mediación in extremis de Rusia salvó a Asad de un ataque que pudo haber cambiado el sino de la guerra. Moscú, junto a Teherán, ha formado la base diplomática y militar que ha evitado la caída de Asad.

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Durante los dos primeros años de guerra la oposición abrió sus puertas a la prensa de todo el mundo, que cruzaba de forma ilegal las fronteras de Turquía, Líbano o Irak para entrar en Siria. El conflicto quedó documentado también a través del trabajo de activistas locales que colgaban a diario en internet vídeos de torturas, bombardeos y matanzas llevadas a cabo por fuerzas leales al presidente. La irrupción en escena de grupos opositores extremistas, como el Frente Al Nusra o EI, dio un giro a la situación: los yihadistas no querían prensa extranjera. Contaban con sus propios aparatos de prensa, silenciaron a los activistas locales y comenzaron a subir a la red decapitaciones, algunas llevadas a cabo por menores, ejecuciones en masa ordenadas por tribunales islámicos e incluso vídeos de canibalismo.

Todas estas barbaridades, muchas de ellas grabadas y difundidas por internet, hicieron que se perdiera la noción de la realidad. “La población se siente víctima de las dos partes. Los sirios vivimos en un ambiente de quiebra emocional y de fatiga. Somos víctimas de una paranoia colectiva”, decía la doctora Hanadi Nwelati, psiquiatra del hospital Avicena de la ciudad de Adra, situada 30 kilómetros al noreste de Damasco, en plena zona de combate. Nuestra entrevista tuvo lugar en 2014 en el mítico café Tanger del centro de Damasco, un lugar en el que las paredes escuchan, pero Nwelati no tenía miedo de hablar y menos en español. Cada mañana cogía un minibús público desde la plaza Abassyeen para llegar a su puesto de trabajo. Por el camino,  detallaba con sangre fría, “se ve destrucción total a ambos lados de la carretera y muertos, muchos muertos tirados que nadie se atreve a recoger. Esa es la realidad de Siria, no lo que se vive en el centro de la ciudad”. Nwelati había estudiado Medicina en Madrid y llevaba tres años trabajando en el centro psiquiátrico de Avicena, donde atendían a 500 pacientes a los que intentaban reubicar en alguna zona segura. Las palabras de Nwelati me resultaron mucho más útiles que las de todos los expertos y sesudos analistas que, a miles de kilómetros de distancia, lanzaban generalidades y tópicos sobre uno de los conflictos más opacos que me ha tocado cubrir.

Pude regresar por segunda vez a Yarmuk en aquellos días de 2014, una vez concluida la cumbre de Ginebra, una exhibición de impotencia más por parte de la ONU. Esta vez eran necesarios los permisos del Ministerio de Defensa y de Información y había que trabajar acompañado. Los milicianos palestinos seguían en los puestos de control, pero ya habían perdido sus caras de niño. La violencia les había arrugado el gesto, ensombrecido la mirada y convertido en adultos de edad indeterminada. Los tres hombres armados que custodiaban el acceso principal al campo, en plena rotonda de las Sandías, esperaron la llegada de los mandos para saber qué hacer con el periodista extranjero. Fumaban sin parar. Entre el humo masticable que producía el tabaco negro de mala calidad se distinguía, pálida, una pantalla de televisión. El cuartucho destartalado, que en el pasado era el almacén de uno de los miles de comercios del campo, era además de puesto de control una especie de sala de entretenimiento y allí, entre guardia y guardia, los milicianos veían la tele. En aquel momento tocaba Titanic. Llegó el capitán y, poco después, un hombre vestido de civil. Se sentaron a comer algo al aire libre. Yo iba siempre acompañado por un funcionario del Ministerio de Información y en este caso también de un oficial del departamento de relaciones con los medios del Ejército, y me ofrecieron un café. El más joven de la sala cogió el agua de un cubo de plástico de dudosa salubridad, encendió un hornillo eléctrico y allí la llevó a ebullición antes de poner dos cucharadas rebosantes de café y tres de azúcar. Dulce paladar en mitad de una humareda que provocaba picor de garganta y ojos. Al mismo tiempo que el imponente barco chocaba contra el iceberg ante la sorpresa de Leonardo DiCaprio y el resto de pasajeros, los mandos dieron por terminada su comida y entraron al cuartucho para conocer mis planes. Un minuto después seguíamos al hombre vestido de civil al interior del campo.

Un cristal roto refleja el estado de los edificios del Yarmouk.

Penetramos por la zona de Riggi, famosa en toda Siria por la venta de cerámica. No quedaba un solo edificio habitable. Las marcas de los combates carcomían cada pared, esqueletos de cemento se sucedían en calles convertidas en un mar de escombro. No resultaba fácil avanzar porque prácticamente en cada calle había barricadas, y grandes telas colgaban de puntos estratégicos como protección frente a los francotiradores enemigos. “La lucha es edificio a edificio, calle a calle. En cuanto ellos penetran en un barrio, no hay otra manera de hacerles retroceder”, explicaba Abu Kifah Gazi, comandante de las fuerzas palestinas, antes de llegar a un punto en el que se detuvo en seco. “A menos de 400 metros ya es zona del Frente Al Nusra y EI. No podemos continuar”.

La frontera entre ambos bandos la marcaba una barricada enorme en la calle Ali Jarbous. Imposible dar un paso más, imposible poner un pie en la calle 30, imposible acercarme a esa posición en la que Abu Maher trataba de defender Yarmuk dos años antes y se desgañitaba dando órdenes por radio a sus imberbes soldados. ¿Qué habría sido de todos ellos?

Sobre el papel, el Ejército y los grupos armados habían alcanzado un acuerdo para permitir la distribución de ayuda humanitaria de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (UNRWA). Pero la tarea apenas se pudo llevar a cabo durante 131 días “por motivos de seguridad”, según la organización internacional. Los cercos se habían convertido en una de las armas de guerra más efectivas. Según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), 4,6 millones de personas vivían en zonas consideradas “difícilmente accesibles”, forma de referirse a las localidades o barrios, como Yarmuk, asediados por Gobierno u oposición y donde sus habitantes sufrían la falta de alimentos, electricidad y agua corriente.

Desde 2014 hasta 2018 Yarmuk pasó a ser un agujero negro informativo, eclipsado por otros frentes más mediáticos como Alepo, Raqqa o Palmira, pese a que había sido el lugar elegido por los seguidores del califa para establecer su pequeña wilayat (provincia) en la capital.

La entrada de lleno de Rusia en el conflicto supuso un empujón definitivo para un Asad que poco a poco recuperaba el terreno perdido y las fronteras del país. La toma del campo palestino fue el epílogo de la reconquista del cinturón rural de la capital, uno de los focos de violencia constante desde 2011. Una semana después de conseguir la victoria definitiva en Guta oriental, en abril de 2018, Asad consiguió acabar también con la presencia opositora en Yarmuk. La televisión nacional anunció “un acuerdo de alto el fuego entre el Estado sirio y organizaciones armadas después de su rendición”. Los medios oficiales señalaron que el pacto estipulaba también “la entrega de armas pesadas y medianas por parte de los grupos armados” y la salida de sus combatientes hacia la región del Badia, una área desértica del este de la provincia de Homs, en el caso de EI, y hacia Idlib, en el norte, para los combatientes de Al Qaeda. El anuncio del acuerdo no logró detener los bombardeos, que continuaron “a la espera de que se acepten todos los puntos”, recogieron entonces los medios sirios. Con esta victoria, Asad se hizo con el control absoluto de una capital que alejaba de sus calles de forma definitiva la amenaza de los grupos armados.

Solo cuando los yihadistas se montaron en los autobuses para ser evacuados callaron las bombas y se reabrieron las puertas.

Los grupos armados, incluido EI, habían pactado su retirada con la mediación de Rusia. Este Estado Islámico nada tenía que ver con el que combatía hasta la muerte los primeros días del califato. La pérdida de Mosul y Raqqa —sus bastiones en Irak y Siria, respectivamente— había minado la moral de unos combatientes que preferían huir antes que convertirse en mártires y ascender al paraíso: las 72 huríes (mujeres vírgenes) podían esperar. Atrás dejaron destrucción absoluta y silencio.

La guerra de Siria es, como todas, muchas guerras distintas al mismo tiempo, y el de Yarmuk fue un frente especialmente crudo por la presencia de los seguidores del califa y por encontrarse en la misma capital, el corazón de Siria. Los bombardeos finales fueron la macabra despedida, una especie de orgía de destrucción en la que todos los actores combatieron para dar ejemplo: EI y el Frente Al Nusra para demostrar que eran los combatientes elegidos por Alá para culminar la yihad contra Asad, y los Ejércitos de Siria y Rusia para demostrar todo su potencial a los yihadistas y quitarles de la cabeza cualquier idea de un nuevo intento de alzamiento contra el Gobierno. El resultado es un territorio arrasado, una de las zonas cero que se repiten a lo largo de Siria: zonas de las que los civiles no han tenido más remedio que escapar y a las que tendrán muy complicado regresar.

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En este tercer viaje a Yarmuk tengo la suerte de encontrarme con los sepultureros Abu Hussam y Abu Ahmad, auténticos supervivientes que tienen la misión de unir dos mundos: el de los muertos en vida y el de aquellos que, cubiertos por una mortaja de color blanco, entran en contacto directo con la tierra. Los primeros son muy pocos en su Yarmuk natal. Con los segundos —los cadáveres—, tienen un mayor contacto, ya que semanalmente regresan una media de diez para ocupar los nichos que preparan con esmero. Siempre hay un hueco listo. “Llevo cuarenta años en este trabajo y conozco cada una de las tumbas que ves. Desde que estalló la guerra en el campo estuvimos controlados por diferentes grupos armados, el último EI, pero ellos no enterraban aquí a sus muertos, lo hacían en otros lugares privados. Para EI este era un cementerio de apóstatas”, relata Abu Hussam mientras sigue atento a la cadencia de las paladas de Abu Ahmad, tan silenciosas como efectivas. Bebe té sentado al borde de una lápida, descansa antes de darle el relevo. Sus manos son enormes y callosas. Aparentemente, su corpulencia no ayuda a meterse en una fosa y cavar, pero cuando le llega el turno salta como una bailarina y hace lo que lleva haciendo cuatro décadas: pedir prestado espacio a la tierra que le vio nacer para dar cabida a un vecino.

En un lugar donde vivían 150.000 personas hasta 2011, ahora llama la atención ver a alguien vivo. Ahmed Alaidi reza ante la tumba de su tía con el tenue sonido de las paladas de Abu Ahmad y Abu Hussam de fondo. El funeral se celebró hace una semana y desde entonces acude cada día para cumplir con el duelo, como marca la tradición. “Nacimos aquí y por eso queremos enterrar aquí a nuestra gente”, apunta antes de arrancar su plegaria, arrodillado y con las palmas de las manos en dirección a un cielo gris. A este miliciano palestino del FPLP-GC le gustaría hacer lo mismo frente a la tumba de su hijo Yamal, herido en combate el 15 de noviembre de 2015 en Harasta, uno de los bastiones de la oposición en Guta oriental, en pleno cinturón rural de la capital. “Resultó gravemente herido, fue capturado y nunca más hemos sabido de él. ¿Dónde lo habrán enterrado?”, pregunta en voz alta Ahmed, un padre roto que mira a su alrededor y maldice a los países del Golfo por su apoyo financiero a los grupos armados que se alzaron contra el Gobierno sirio. “¡Esto que hemos sufrido no lo habrían hecho ni los judíos!”.

Las cifras son una de las grandes incógnitas de esta guerra. La ONU eleva a más de 400.000 los muertos, pero pueden ser muchos más. De los desaparecidos no hay estadísticas del organismo internacional y sus familiares no tienen ni siquiera una tumba en la que llorarlos.

La misma imagen de destrucción que veía a lo lejos en 2012, desde el puesto de control palestino, se ha apoderado ahora de todo lo que me rodea. Abu Ahmed, Abu Hussam y Ahmed, los únicos tres seres vivos en la calle 30, se despiden. El miliciano, vestido de camuflaje, coge su moto, arranca y el rugido del motor se va perdiendo en el magma gris que forman los edificios en ruinas. El ronroneo de la máquina fabricada en China cede pronto de nuevo el protagonismo al silencio que domina Yarmuk.

“Entierran aquí a sus seres queridos porque nacieron aquí, es cierto, pero también porque es más económico. Una tumba cuesta 30.000 libras [60 euros al cambio, en un país donde el suelo medio de un funcionario no supera los 100 tras la caída de la libra por culpa de la guerra], mientras que en el centro de la ciudad no bajan de 500.000 [1.000 euros al cambio]. La mayoría de la gente no se lo puede permitir. Aquí celebramos el funeral y les damos un certificado de defunción. Es un cementerio para pobres”, confiesa Abu Hussam, que se ha cubierto con una kufiya blanca y negra y se dispone a regresar caminando hasta la casa que ocupa ahora en el vecino barrio de Yalda. La economía de guerra también golpea al bolsillo de los muertos.

El enterrador sortea cascotes y cristales sin necesidad de mirar al suelo. La llamada a la oración resuena desde los altavoces de las mezquitas más cercanas. “Alaaaaaaaaaajú akbar”, recitan los muecines con diferentes tonos. Sus plegarias se elevan pronto a lo más alto, como queriendo dejar lo antes posible esta pesadilla terrenal.

Soledad absoluta. Frío. Indefensión. Avanzando por la calle 30, uno se siente como si estuviera en una autopsia. Álbumes familiares de fotos tirados entre los escombros muestran estampas de ese Yarmuk que no volverá. Los bombardeos acabaron con las paredes de las casas, desnudaron las habitaciones donde quedan los restos de aquello que ha sobrevivido al saqueo y al pillaje de los grupos armados y de las fuerzas leales al Gobierno que liberaron la zona. El pillaje es un arma de guerra institucionalizada por todos los bandos en este país. La única señal de vida la ponen las cuadrillas de mujeres llegadas de Deir Ezzor, en la frontera con Irak, que se juegan la vida entre el cemento y los hierros retorcidos. Se encargan de recoger cobre, aluminio y plástico para entregárselo a pequeños empresarios que operan en las zonas devastadas con el visto bueno de los oficiales del Ejército. En una buena jornada de trabajo, estas mujeres pueden llegar a conseguir unas 3.000 libras sirias (6 euros al cambio). No quieren responder a las preguntas del periodista extranjero. Tienen que trabajar para poder comer. Aparecen de la nada y desaparecen en la nada.

A medida que uno se aleja de la calle 30 y del cementerio y se aproxima a la entrada principal del campo, los edificios, aunque vacíos, recuperan su forma original y se puede incluso caminar sin tener que mirar al suelo para no tropezarse. Las pisadas dejan de sonar a otoño, las botas ya no crujen. Aturde el silencio después de tanto crujido.

Es en esta primera parte de Yarmuk donde, según el militar que me custodia durante la visita, vive la única persona que se ha negado a salir en los últimos siete años. Se llama Eita Nisrat Asut; pido hablar con ella. Este reportaje, como cualquiera que se quiera hacer en la parte de Siria bajo control del Gobierno, solo se puede realizar ahora en compañía de un funcionario del Ministerio de Información y con la autorización del Ministerio de Defensa, el auténtico poder en la Siria actual, que normalmente asigna un militar al reportero. Nada que ver con aquella primera incursión de 2012.

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Eita está sentada a la puerta de su casa. Entre sus piernas juguetea un gato blanco. El balcón de su casa es una especie de oasis del que sobresalen flores y hojas verdes. Aquí parece un auténtico Amazonas, vida en mitad de un campo fantasma. Esta mujer es el rostro de 72 años de lucha, 72 años con el sueño de regresar a su Nazaret natal, de la que fue expulsada con su familia por las fuerzas de Israel cuando tenía dos años. Una refugiada eterna —como el resto de los casi cinco millones de palestinos repartidos por el mundo— que se negó a salir del campo cuando estallaron los combates y que vivió bajo el dominio del Frente Al Nusra o de EI. “He estado al borde de la muerte por culpa de las bombas, el hambre y el frío. En estos años mi dieta ha sido a base de lentejas. Pan de lentejas, sopa de lentejas… Las lentejas han sido nuestro alimento principal, porque estos grupos armados nunca repartían la comida que distribuía Naciones Unidas. Desde que regresó el Ejército, no he podido probar las lentejas de nuevo”, dice esta anciana, visitada por todos los vecinos que ahora regresan para ver el estado de sus casas. La prensa siria le llama “la heroína de Yarmuk” y ella relata con detalle los días más duros del cerco o sus discusiones con los yihadistas. Solo interrumpe la conversación para entrar en casa y ver cómo está su hermano, enfermo crónico que ha permanecido en el campo junto a ella durante todo el conflicto. “Ya me echaron de mi casa en Nazaret una vez y no me volverán a echar, nunca volveré a dejar mi casa”, concluye Eita con tono desafiante.

Eita dice: “Esta es nuestra tierra, por qué dejarla. Nuestros antepasados salieron de Palestina, se quedaron 70 años aquí. Si nosotros salimos de aquí, quizá no volvamos. No vamos a dejar nuestras casas a los terroristas, estas son nuestras casas”. 

Reviso otra vez mi libreta. Releo lo que escribí durante mis viajes a Yarmuk en 2012, 2014 y 2018. Un recorrido desde los primeros momentos de incertidumbre y miedo, hasta el silencio final, pasando por el hambre, los bombardeos masivos y la amenaza del califato. Todo ello concentrado en este campo nacido como refugio para miles de civiles que huyeron de una guerra y al que ahora solo regresan los muertos. Yarmuk queda marcado con fuego en Damasco, el corazón de Siria, como un enorme cementerio al aire libre.

Cierro la libreta. Volveré.