Huyendo de la Jungla

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(reportaje realizado conjuntamente con el fotoperiodista Maurizio Martorana)

La situación actual en el campo de refugiados de Calais hace honor a su apodo: La Jungla. Nunca antes, en los más de 15 años de historia del campo, se había congregado un número tan alto de gente en un mismo asentamiento. Verano de 2015 marca el inicio de la crisis de refugiados europea. El flujo de gente que llega a las fronteras de Europa incrementa significativamente y el campo de Calais recibe refugiados a diario; tan solo desde verano ha cuadriplicado su extensión. La convivencia entre las distintas nacionalidades es cada vez más complicada y los intentos del gobierno francés de acabar con el asentamiento acentúan las discrepancias y favorecen un ambiente hostil.

Huyendo de este infierno los refugiados emprenden cada noche largas caminatas por las rutas que llevan al sueño británico. A pesar de los millones de libras gastados por David Cameron en construir una gran reja para impedir que los refugiados lleguen al Reino Unido, ellos no desisten en sus intentos. Todas las noches, sin excepción, asumen los riesgos del viaje e inician la aventura con la idea de que esta va a ser la definitiva. Hay refugiados que caminan más de 10 kilómetros, desde La Jungla hasta la estación de Frethún, donde los trenes del Eurotunel cruzan cada día el Canal de la Mancha. Desde junio del año pasado, y según cifras de Médicos del Mundo, más de 20 personas han perdido la vida en sus intentos de llegar al Reino Unido. Dos de las últimas víctimas fallecieron tratando de cruzar el canal nadando.

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Los meses de aislamiento en La Jungla han generado una cierta idealización de lo que es el Reino Unido. La gente habla y habla de Inglaterra como si fuera la tierra prometida. Es el caso de Abdu, un joven llegado de la región Oromo de Etiopía, que habla de Londres como panacea a todo el sufrimiento de su travesía. Como si la consecución de un único objetivo consiguiera elevarse por encima de todo. Como si eclipsara toda percepción de la realidad y retrasara el efecto de la angustia que provoca vivir en La Jungla. Cientos de refugiados como Abdu cuentan la historia de su viaje camino del que creen será su última noche en suelo francés. Desde verano, la presencia policial se ha intensificado en los puntos donde los refugiados tratan de cruzar. Un furgón policial aparcado las 24 horas del día en la entrada del campo refuerza la sensación de cautiverio y recuerda a los refugiados que su última etapa sea, tal vez, un obstáculo imposible de sortear. Las unidades de policía que patrullan el perímetro del campo paran, sin excepción, a toda persona que se acerca al campo, pidiendo la documentación y haciendo preguntas.

Desde principios de año los refugiados han tenido que afrontar más adversidades en sus respectivas rutas. La vigilancia privada, antes casi inexistente, se ha extendido en las zonas del puerto de Calais y del Eurotunel, y las agresiones sufridas a manos de grupos radicales se han intensificado. Y el juego es ahora más peligroso. Una versión macabra del gato y el ratón donde ellos tratan de cruzar y la policía les da caza. Si los refugiados se esconden entre los arboles cercanos a la estación de Frethún esperando el momento oportuno para saltar la zanja. La policía no tarda en descubrirlo y manda cortar todos los arboles cercanos a la valla para que nadie pueda esconderse entre ellos. Si los refugiados cortan la zanja en puntos estratégicos, bloquean la carretera y generan un atasco para así poder saltar a los camiones. La policía no tarda en crear un gran descampado de más de 100 metros y un pequeño foso con agua para que nadie pueda acercarse a la zanja. La secuencia es siempre la misma y parece interminable. Si uno pasea a plena luz del día por la zona cercana a la zanja puede ver por que puntos se ha reparado la valla. Los arreglos son infinitos. Trozos y trozos de zanja recompuestos una y otra vez constituyen la metáfora perfecta sobre la situación actual del campo.

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El pasado mes de febrero el prefecto de Pas de Calais, Fabienne Buccio, ordenó el desalojo y la demolición de la parte sur del campo. En respuesta, entidades como L’Auberge des Migrants o Help Refugees realizaron un censo de la zona con la intención de desmentir las cifras facilitadas por la administración. Los informes de dichas entidades aseguraban que había más de 3.400 personas viviendo en esa zona del campo; 2.400 más que las contadas por los censos de la prefectura. Entre los censados por las entidades había 445 niños, 305 de los cuales, viven en La Jungla sin ningún adulto. Este es el caso de Mazen y Samer, dos hermanos que abandonaron Damasco tras la muerte de su padre a manos del régimen de Al Assad y que desde su llegada a Calais han tratado de saltar la zanja cada noche. El censo realizado por las entidades y presentado en la corte de Lille obligó al juez a posponer la demolición del campo. Pero 4 días después el juez revocó su decisión y ordenó el desalojo definitivo de la parte sur de La Jungla. El pasado 29 de febrero cientos de policías antidisturbios escoltaron a los bulldozers que empezaron la demolición. Los enfrentamientos entre policía y refugiados no han parado desde entonces. La Jungla es la fotografía de un campo de batalla propio del mismísimo Delacroix, un desastre humanitario fuera de todo control.

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Francia se encuentra en ‘estado de alerta’ desde los ataques terroristas de París, lo que permite a la policía el uso de armamento disuasorio como el gas lacrimógeno de grado 5, el más potente. La situación actual en el campo de refugiados de Calais hace honor, ahora más que nunca, a su apodo. En La Jungla de hoy no hay espacio suficiente para relocalizar a todos los refugiados desalojados y la tensión crece por momentos. Debido al caos actual, los intentos de cruzar al Reino Unido se han elevado y hoy son cientos las personas que prueban suerte cada noche sin importarles los peligros del viaje. Distintos refugiados coinciden en afirmar que las tarifas de los contrabandistas de personas están más altas que nunca y que no han cesado de subir. Entre 7.000 y 11.000 euros por introducirte en un camión y probar suerte. Toda la esperanza depositada en la pura probabilidad. Lanzar una moneda al aire y esperar que la policía no registre el contenido del camión en el que te escondes.

La Jungla de hoy ofrece imágenes y contrates extremos. Policías que se hacen ‘selfies’ con los pulgares en alto mientras al fondo de la fotografía los bulldozers derriban el campo. Peleas con cuchillos que llenan galerías de imágenes en las ediciones digitales de los medios de comunicación británicos mientras otros refugiados juegan al criquet a escasos metros. Refugiados que se autolesionan pidiendo la atención del Tribunal Europeo de Derechos Humanos mientras los voluntarios del campo empiezan otra huelga de hambre como protesta. Un escenario trágico que recuerda a Europa cada día la crisis de refugiados que vive el mundo; la más importante después de la Segunda Guerra Mundial.

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